miércoles, 9 de marzo de 2011

Obsesiones recurrentes

A pocos extrañará que hable de Bolaño. Hoy concluí Los sinsabores del verdadero policía y tengo varias cosas que decir al respecto:

1) No es una novela. Por más que así traten de venderla, no lo es. Es un conjunto de textos más o menos relacionados, compilados en un mismo libro. Por más que la hayan encontrado toda junta, en una carpeta (más bien en varias, mecanografiadas y escritas a mano) afirmar que esto es una novela es arriesgado, aun más teniendo en cuenta el carácter inconcluso del libro. Leyéndolo notamos que, en primer lugar, el autor habría hecho una corrección tal vez más fina que el resultado final. En segundo lugar, muchos de los capítulos se cierran sin continuación, abruptamente, y no parecen afirmar la poética de la inconclusión que Bolaño ya habría practicado en novelas como Los detectives salvajes o 2666 o en el genial relato "Últimos atardeceres en la tierra", sino que son textos por formar, por culminar, digamos. Y así hay que leerlo, igual que El secreto del mal, lleno de fragmentos, de relatos inacabados, como un acto de voyeurismo literario en el que no podremos acceder a la experiencia completa del texto sencillamente porque el autor no lo había preparado todo para que así fuera.
Pongamos por ejemplo a una stripper: la ves trabajando y observas un gran despliegue, pura sensualidad, miradas fijas, ropa volando... lo que quieras, lo que esperas. Pero si la observas a través de una mirilla mientras prepara un número, verás que no siempre culmina todos los movimientos, que hay algunos que aun no controla, que tal vez suprima. Es posible que esté pensando en ese momento en incluir algún giro o salto espectacular, pero no lo hace. No es consciente de que está siendo observada, lo que está haciendo es una preparación para un producto final. Así sucede también con este libro, en el que se ven ensayos, movimientos conocidos, algunas ideas nuevas, pero hemos de saber que no es la actuación final. No lleva las bragas nuevas, no espera salir en ese momento al escenario. Pero así ha salido.


2) El libro puede funcionar como una caja de nexos: Es, en cierto sentido, una génesis de "La parte de Amalfitano", segunda parte de 2666. El personaje central es Amalfitano, y salen su hija Rosa, su mujer Edith Lieberman (en algunos poemas o libros Edna Lieberman o Lola Paniagua), pero también personajes de "La parte de los crímenes" como Pancho Monje (alter ego de Lalo Cura), Pedro Negrete, el clan de las María Expósito y muy lateralmente, para el lector avezado, Fate. Hay un germen, también, de "La parte de los crímenes" con un par de asesinatos narrados (ampliados infinitamente en 2666, haciendo patente el horror)

Asimismo se repiten los lugares re-creados por Bolaño: Barcelona, Santa Teresa y Villaviciosa. Encontramos referencias lejanas al poema y posterior relato de "El gusano" y capítulos ya utilizados (o reutilizados) en Los detectives, como el fragmento en el que se habla sobre el poema de Rimbaud "mon triste coeur bave a la poupe", Le coeur voilé, creo. ¿Será el narrador de esta novela, también, Arturo Belano, quien a la pregunta de qué haría después de encontrar a Cesarea Tinajero, respondía que tal vez se quedaría en Sonora o cruzaría a Estados Unidos?

3) Los sinsabores del verdadero policía no es solo esto: El personaje de Amalfitano crece -o tal vez crezca su historia. Aquí se habla de su homosexualidad, del por qué de su estadía en Santa Teresa (aunque haya alguna incoherencia sobre su llegada al darse dos versiones diferentes), se habla de su relación con un poeta homosexual y sidoso, Padilla, quien culmina su novela El dios de los homosexuales. Hay páginas magníficas, desde luego, y una lectura más atenta permitirá tender más cables entre la parte más querida de Bolaño, que es la que gira alrededor de Belano y Sonora, ejes amplísimos que articulan el centro de una narrativa incomparable.

Por último, una pequeña reflexión recuperada de 2666:


El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

2 comentarios:

gariposa dijo...

Así que comentarios de texto y tías buenas, eh?
Malditas modas literarias, qué bonitas son.
Por si acaso, recuerda que la ortodoxia siempre estará ahí, reconfortante como las mamás con trabajo fijo y bizcochos de canela.

http://criticadepoesia.blogspot.com/2011/02/luna-miguel-poetry-is-not-dead.html

F. Belanov dijo...

Oh, cariño, me temo que ya lo había leido. Y me parece un acto gratuito. En fin, si algún día lo quiere, ya sabe dónde conseguirlo.