sábado, 12 de diciembre de 2009

La Moda


Qué pop.

El hombre es un gran faisán en el mundo



«En rumano es muy frecuente decir: “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, en rumano, el faisán es un perdedor.» Herta Müller
Bien, intentaré no pensar en su premio, intentaré no pensar que la leí porque le dieron el premio y,como a la mayoría, su nombre no me sonaba, intentaré no pensar que el segundo texto lo leyó en la entrega del premio. Intentaré no pensar, aunque es bastante molesto.

El hombre es un gran faisán en el mundo parece una anti-égloga, si es que eso es posible. El foco de la narración se ubica sobre una serie de personajes en el ámbito rural de la Rumania de Ceaucescu. La supervivencia, la cotidianidad, la muerte y la sombra comunista (hambre, prostitución, corrupción, miseria) articulan la historia narrada en unas cincuenta escenas. Se hacen presentes una gran cantidad de símbolos, supersticiones, tradiciones y vocablos que ayudan a dibujar el paisaje

La escritura, un problema: es probable que el estilo se haga visible en exceso. Hay belleza en la forma pero sus técnicas, sus armas de escritura, están tal vez demasiado presentes para el lector. El uso continuo de frases cortas, la mezcla de lirismo con elocuciones cotidianas, las imágenes y metáforas, sobrecargan, por momentos, el texto y, cae, a veces, en el hermetismo, a lo que se suma la descontextualización del lector, ajeno a la cultura e historia germano-rumana (¡oh ignorantes lectores, azotáos!).

El balance es el de una lectura que puede pasar de la "cautivación" al desconcierto y al tedio, aunque esto último no es la norma.
Para agregar un tópico añado que invita a la reflexión, que aporta una visión de los totalitarismos de los semi-resignados, del estoicismo y de los que sueñan, tímidamente, con la huida.


domingo, 29 de noviembre de 2009

La Novela Luminosa

Después de pasearla bajo el brazo durante una infinidad de días, me puse a leerla finalmente,y, sorpresivamente, la terminé.
La novela Luminosa es un artefacto extraño: tiene 4 partes (Prefacio histórico, Prólogo: diario de la beca, La novela luminosa y Epílogo del diario) de las cuales el prólogo es la más extensa sin ser, ¡vaya!, una edición de Cátedra.

Aviso: los que salten el prólogo y quieran ir directamente a la novela se saltarán 455 páginas según la edición de Mondadori.

Este prólogo no tiene una función concreta: es un diario donde Levrero plasma sus obsesiones, sus peleas diarias, sus achaques, sus amores, sus locuras (todo muy poco romántico, a pesar de cómo suene, es un diario de camiseta vieja y chanclas) y, en cierta forma, introduce la posterior novela -posterior por orden, cronológicamente es anterior-. El diario viene a ser un tipo de justificación por la beca Guggenheim que recibió el autor para que pudiera trabajar tranquilamente. Así, se planteó retomar La Novela Luminosa que había comenzado miles de años atrás y que jamás terminaría. Los temas recurresntes son: las palomas desde su ventana, el PC y sus programas/pornografía/monitor, Chl (la mujer a la que paga las fantas) y sus problemas de salud/hipocondría que dan lugar a otra serie de curiosidades como que se fabrique su propio yogur, que lo visite constantemente su médico-ex-mujer, etc.

La Novela Luminosa, una vez resuelto el tema de las cuatrocientas y pico de páginas que a ratos divierten y a ratos enferman (o esa es mi experiencia como lector: risa o enfermedad) se rescata el texto principal donde parece asomar la cabeza el mejor Levrero quien tal vez estaba menos jodido y más místico, o más joven y más alucinado. Eso sí, no se equivoquen: es un escritor pobre, de barba y hedor, no es Sai Baba, y por eso tiene momentos hermosos, porque es consciente de quién es y lo plasma constantemente y así también hace presente el acto de escritura y su imposibilidad (relativa) que lleva a esta novela sin fin.

El texto sorprende -para quien tenga cierta paciencia o realice una lectura diagonal del diario- y, aunque deje con ganas de más, ilumina e intriga.

Acá más reseñas o críticas o lo que ****** sea.



jueves, 1 de octubre de 2009

El contorno del ojo, Roberto Bolaño


Texto inédito de Roberto Bolaño extraído de 60 Watts.

EL CONTORNO DEL OJO

Diario del oficial chino Chen Huo Deng, 1980.

Por Roberto Bolaño

Jueves. Una curiosa criatura parecida a una vaca gigante pero que posee un pico de pato. Las palabras del periódico se ordenaron como un acertijo infantil dentro de mi cabeza. Me levanté a las cinco de la mañana. Después de lavarme descorrí la cortina: al fondo, en las escarpadas, muy lejos de la aldea, unas fogatas me recordaron los campamentos militares de mi adolescencia. Eran los carboneros. Más allá, hacia el oeste, entre bosques y campos de cultivo, el tendido ferroviario y un tren iluminado a medias que se perdía en la noche. Martes. El comisario político de la aldea vino a visitarme. Eran las siete de la mañana y la puerta estaba abierta. Debió deducir que me hallaba despierto y entró. El hombre quedó sorprendido de encontrarme sentado en el suelo, de cara a la pared, sin ninguna prenda de vestir encima. Al volverme hacia él se puso a parpadear y musitó que lo sentía. Le dije que no importaba. Mi rostro recién afeitado contrastaba con su cara soñolienta. Luego dijo: buenos días camarada Chen, y se marchó. Me quedé un instante escuchando sus apresurados pasos sobre el camino. Jueves. Por la mañana estuvo conmigo el médico. Me preguntó cómo me sentía. Le dije que escribía un diario. Dijo que hacía años que había leído mis diarios de juventud. Le dije que el diario que ahora llevaba no era para la imprenta. He escrito muchos diarios, le dije, la mayoría fruto del cansancio, muletas para mi creación literaria. Dijo que comprendía que los poetas escribiéramos mil palabras para librar una. Le dije que en mi diario actual se libraba algo más y se rió sin comprender. Viernes. Hoy ha habido ajetreo en la aldea. Por la tarde un grupo de hombres y mujeres salió hacia el bosque que colinda con la Granja; el resto del pueblo se reunió en la biblioteca y partieron después en dirección a las escarpadas. Temí que fuera el único habitante que quedara en la aldea. Me vi a mí mismo, solo en la casa y luego vi la casa confundida entre las otras casas vacías. En la perspectiva había algo que iba mal. Salí al jardín a fumarme un cigarrillo y a pensar; en la casa de enfrente se abrió una ventana y una anciana a quien nunca antes había visto me sonrió. Permanecí allí bastante rato; observé que las plantas crecían con inusitado vigor; al final del camino un perro jugaba solo. Entrada la noche comenzaron a regresar los aldeanos. Casi nadie hablaba, a excepción de los niños que parecían alegres y excitados. Jueves. Por el camino principal de la aldea vi venir al comisario político acompañado de tres niños. Los niños conversaban entre ellos y de vez en cuando le dirigían la palabra al comisario. Pensé que iban a la Granja. Camarada Chen, sonrió el comisario al llegar a la casa, pero sin entrar, estos alumnos tienen que escribir una composición sobre tus libros, explicó: sé amable con ellos.
Camarada, dijo uno de los niños, nuestro trabajo de literatura de este mes versará sobre ti. Les dije que me halagaban, cuidándome mucho de preguntarles si había sido idea de ellos o de la maestra. Parecían unos niños muy serios. El comisario se marchó enseguida. Mientras mis huéspedes se acomodaban en el cuarto me asomé a la ventana y lo vi alejarse por el camino del pantano, la cabeza inclinada como si tuviera sobre sí un gran problema. El gris del cielo parecía enfermizo, veteado de blanco, con fosforescencias apagadas en la línea del horizonte.

Martes. Una curiosa criatura parecida a una vaca gigante pero que posee un pico de pato ha sido vista repetidas veces desde el mes de agosto en un lago volcánico cerca de la frontera con Corea. Algunos trabajadores temporeros la han podido observar a 40 metros de donde se hallaba, aunque no se sabe si es una especie acuática o anfibia, cómo vive ni por qué este raro ser no ha sido visto antes del citado mes. Miércoles. Vino a visitarme la maestra. Es una muchacha de unos 20 años. Parece frágil, pero sus ojos son fuertes y mira de una manera decidida. Hablamos poco. Los niños, la escuela, la biblioteca. Dijo que era un honor para ellos que yo viviera una temporada aquí. Le dije que estaba en la aldea por prescripción médica y luego añadí que había sufrido un trastorno nervioso considerable, que había estado internado un mes en el Hospital Militar de Nanning y que finalmente los médicos y mis superiores habían llegado a la conclusión que lo mejor para mi salud era pasar un par de meses en el campo, sin hacer nada. Dijo que ya lo sabía y que confiaba que me recuperara pronto. Luego propuso dar un paseo. Al levantarnos tuve la sensación imperceptible pero clara que estaba angustiada. Caminamos hasta una loma desde la que se divisaba la Granja. De pronto sentí deseos de volver, de estar solo. Le dije que prefería volver, que estaba cansado. Es normal, dijo ella. De vuelta a casa permanecí hasta tarde recortando noticias de diferentes periódicos. Jueves. Wan. Un niño de 11 años de edad puede ver con sus ojos, como si fueran rayos X, el corazón, los pulmones y cualquier órgano interno del ser humano. Su nombre es Shie Zo Hue, vive en la ciudad de Wan, en la provincia de Guizho, y su caso ha sido examinado por la Academia de Medicina de la provincia de Hubel. El niño puede ver, por ejemplo, en qué posición se encuentra el feto de una madre embarazada y en una ocasión adelantó que había visto mellizos en el seno de una mujer y el resultado se pudo comprobar poco después. Un grupo de investigadores científicos se ha servido del niño para hacer radiografías que serían difíciles o peligrosas por otros métodos. Shie Zo ya ha examinado en los últimos meses a 105 pacientes. Martes. La maestra me invitó a cenar. Al llegar a su casa encontré a cinco personas de las que sólo conocía al comisario político y al muchacho que baja a la ciudad tres veces a la semana en la camioneta del pueblo. Fui recibido con efusivas muestras de alegría. Durante la comida hablaron de cuestiones agrícolas. Uno de los comensales, una campesina de la Granja, dijo repetidas veces “se inunda el valle“. No supe, pese a la atención que presté a su conversación, a qué se refería. Después de la comida la maestra me llevó aparte; salimos al jardín y me preguntó qué pensaba de la guerra. Permanecí callado, estudiándola; sus ojos estaban llenos de lágrimas. Detrás de ella las colinas eran una mancha negra debajo de la luna creciente, pero al mismo tiempo era una mancha móvil, inestable. De improviso sentí que no estábamos solos: los otros se habían asomado a la ventana y desde allí nos miraban con sonrisas heladas que se aproximaban demasiado a la piedad. Martes. Me desperté a las cuatro de la mañana, sudando y con fiebre. Salí a caminar, la aldea estaba dormida y sólo se escuchaba el ladrido de un perro por el camino de la Granja. Me dirigí a la biblioteca; ésta tenía la puerta cerrada pero sin llave, como parecía ser costumbre. Encendí una pequeña lámpara, busqué papel y lápiz y me puse a escribir. Al cabo de una hora tenía sueño, pero permanecí un rato más hasta terminar el bosquejo de mi informe. Después apagué la luz, dejé todo tal como lo había encontrado y regresé a casa. Dormí hasta las nueve de la mañana. Me despertó el muchacho que regresaba de la ciudad para entregarme los periódicos.

Domingo. Pekín. Tres personas murieron pisoteadas por la multitud y otras diez resultaron heridas al final de un festival de música moderna celebrado en Pekín hace dos días con motivo de la “Fiesta de la Luna“. Hoy se reveló que la empresa encargada del parque de Beihai, donde se celebró el festival, cometió graves irregularidades que propiciaron el accidente. El recinto estaba preparado para recibir 25.000 personas, pero la administración del parque vendió exactamente hasta 50.240 entradas e invitó a otras personas, hasta completar la cifra de 60.000. Domingo. Hoy me encontré con la maestra. Era mediodía y yo estaba desde muy temprano leyendo en un claro del bosque cuando ella apareció precedida por unos cuarenta niños. Se sentó conmigo -en el claro hay bancos de madera construidos por los aldeanos- mientras sus alumnos se dedicaban a buscar hojas y musgo. Parecía cansada. Me preguntó qué leía. Se lo dije; luego permanecimos en silencio, ella evitaba mirarme. De pronto, sin levantar la vista, me preguntó cómo era la guerra. Es muy dura, le dije. Muere gente. Cuando me miró comprendí que estaba agradecida por lo que había dicho. Volvimos juntos, entre la algarabía de los niños, yo sin comprender nada. Al llegar a la puerta de mi casa nos despedimos. Sonreía, algunos pelos se le habían pegado en la frente. Me quedé inmóvil hasta que la vi desaparecer, primero las piernas, luego la cintura, los hombros, la cabeza.Sábado. Es de noche. Desde mi ventana veo los fuegos en las escarpadas. Me pregunto quiénes son los carboneros, de qué aldea, y a manera de respuesta imagino una planicie blanca. La maestra tuvo un comportamiento extraño esta tarde. Yo daba un paseo en bicicleta y ella venía con un grupo de gente por el camino del pantano. Al llegar junto a ellos algunos campesinos me advirtieron que no siguiera, que el camino era peligroso para andar en bicicleta. Les pregunté de dónde venían. Contestaron que del maizal que hay junto al pantano. Les pregunté si eso era posible, cultivar maíz junto a un pantano y dijeron que sí. Mientras hablábamos la maestra rehuyó mi mirada y al decidirme a volver con ellos se retrasó intencionadamente del grupo junto con otras dos muchachas. Al cabo de un rato de caminar volví la cabeza y en el otro extremo sólo vi dos siluetas. Iba a preguntar a los otros dónde estaba la maestra cuando observé que uno de los campesinos llevaba guantes. Este descubrimiento me trastornó hasta el punto de impedirme decir nada más durante el resto del trayecto. Ahora es de noche y tal vez un día de estos me decida a visitar las escarpadas. Los fuegos son minúsculos. En ocasiones, sin embargo, su brillo es cegador. Lunes. En la Granja todo el mundo estaba trabajando menos el muchacho de la camioneta. Me senté junto a él en el galpón y le ofrecí cigarrillos. Al terminar de fumar dijo que esta tarde iría a la ciudad, por si tenía algún encargo que hacerle aparte de los periódicos que me envían de Nanning. Le dije que no necesitaba nada. De acuerdo, dijo, un verdadero revolucionario es aquel que puede abastecerse en la cooperativa de su propio pueblo. Lo dijo sonriente, con algo de burla. Le respondí que este no era mi pueblo. Eso tiene mayor mérito, dijo. Me hubiera gustado sonreír pero no lo hice. Después de un rato me preguntó si sabía qué árboles eran los que crecían junto a la cerca. Le dije que eran almendros. Me miró con una sonrisa radiante y después me dijo que sí, en efecto eran almendros. Por un instante quedé desconcertado, luego sostuve con calma su mirada hasta que desvió los ojos. Alguien hizo sonar una taza de latón y escuché una voz detrás de mí que decía son las diez de la mañana.

Jueves. Algunos científicos se han instalado en la zona atraídos por el fenómeno y un campesino llamado Lai Jui Hua la describió en los siguientes términos: “Tiene la boca como la de un pato y la cabeza como la de una vaca, pero mucho más grande. El cuerpo también es enorme y se mueve dentro del agua provocando unas olas similares a las que producen las barcas”. He despertado con fiebre. Durante mucho rato he permanecido sentado en la cama, los ojos fijos en un punto de la pared, intentando no pensar en nada. Por el tórax me corrían hilos de sudor y sentía las tetillas frías como si me hubieran aplicado hielo. Martes. Tengo fiebre, sin embargo procuro quitarle importancia. Mientras escribía, el comisario ha venido a invitarme a una reunión de carácter político que se celebrará después de una comida campestre. Le he preguntado, un tanto molesto por haber sido interrumpido, si en esta aldea solían celebrar las reuniones después de comer en el campo. Ha titubeado y después me ha dicho que sí. Una curiosa costumbre, murmuré, y él me ha confesado que desde antes de la Revolución Cultural lo hacían así. No me he comprometido a nada y al irse el comisario he seguido escribiendo. Jueves. Han venido a visitarme dos mandos militares de la ciudad. Eran jóvenes y estaban nerviosos. Les rogué que se sentaran y me excusé de no tener nada que ofrecerles. Ellos sacaron una botella de vino y una de aguardiente que traían de regalo. Abrimos la botella de aguardiente; me trataron con deferencia y demostraron haber leído mis poemas. Uno de ellos también escribía y parecía tener talento a juzgar por los versos que recitó. De pronto me di cuenta que había olvidado quitar los recortes de periódico de la mesa e inevitablemente éstos atrajeron su atención. ¿Qué significado tiene esto?, preguntaron sonriendo. No lo sé, dije, son noticias que recorto. No insistieron y al cabo de un rato hablábamos de otras cosas. Jueves. Por la noche, antes de dormirme, saco por unos instantes los recortes y los alineo sobre la mesa. Luego me siento delante de ellos y los contemplo. Escucho apenas el vehículo de los militares que vuelven a Nanning. “El Youjiang va crecido este año”, dijo uno de ellos al despedirse. ¿Qué significado tiene esto, en realidad? El monstruo tiene pico de pato, leo. Esto no puede asombrarme ni maravillarme, sin embargo intuyo que detrás de estas palabras hay algo que puede provocarme una emoción aún mayor. Por momentos tengo la certeza de encontrarme sobre la pista, por momentos creo que sólo estoy enfermo.

Martes. Wu Yunquing, de 142 años de edad, residente en Quinghuabian, provincia de Shaanxi, pasea en bicicleta por las calles de su ciudad natal. Para Wu, el secreto de su longevidad radica en su optimismo, el ejercicio físico y una forma de vida moderada. Según él, esta moderación incluye cuatro o cinco horas diarias de sueño y, a ser posible, sentado. Recorto también la foto: en ella aparece un anciano de barba blanca, montado sobre una bicicleta, observando la cámara fotográfica. Miércoles. He asistido a la comida campestre y luego a la reunión. La comida fue abundante, hubo vino y muchos brindis. Después hubo dos oradores, el comisario político y una campesina que trabaja en la Granja. La charla de esta última fue curiosa, la traía escrita y tenía por título “¿Qué hacer cuando la lluvia nos sorprende en el camino?” A medio discurso, plagado de lugares comunes, de reiteraciones y descripciones minuciosas de herramientas y ropas de trabajo, me dormí apoyado sobre el tronco caído de un árbol. En determinado momento, a mi sueño llega su voz que dice que la persona que se viera asaltada por la lluvia debía cavar un hoyo, meterse dentro y luego cubrirse de tierra. Desperté sobresaltado. Nadie me observaba salvo el comisario político; su rostro era una extraña mezcla de ironía y miedo. Cuando la campesina finalizó su discurso esperó a que yo aplaudiera para hacerlo él. Jueves. Sobre los incidentes del parque Beihai: El jefe de seguridad de la zona había advertido a los responsables del parque que vender más entradas de las autorizadas podría provocar desórdenes…Algunas canciones de la última moda interpretadas en inglés provocaron fuerte emoción en el público juvenil… Los espectadores salieron del recinto atropelladamente y alrededor de 60 personas fueron pisoteadas…Entre los diez heridos, cuatro se encuentran graves. Jueves. El militar más joven, el poeta, dijo que la realidad era la cultura. Yo miraba por la ventana el movimiento apenas perceptible de la aldea. Por la calle principal se alejaban dos niños llevando algo entre los brazos; por el otro extremo venían dos mujeres arrastrando una carretilla; hablaban en voz alta, se reían. El otro oficial dijo algo acerca de armas bacteriológicas. No le presté atención, sólo recuerdo haber asentido mientras un ligero corrimiento, allá lejos, en las escarpadas, cautivaba mi interés. Fue algo así como si empujaran hacia un lado el paisaje y metieran en el hueco otro exactamente igual, pero nuevo. Por la noche fui a la casa del comisario. Vive con su mujer y cinco hijos, todos menores de diez años. Le pregunté qué clase de asamblea había sido la de ayer. Su mujer me miró como si los hubiera amenazado de muerte. El comisario dijo que no había sido una asamblea sino una fiesta. Al recordarle que por la tarde todos habían trabajado, añadió que se trataba de una fiesta menor. La tradición, dijo, es celebrarla durante media jornada, con una comida colectiva. Viernes. A las doce de la noche, cuando terminaba de leer un libro de divulgación científica y me disponía a revisar mis recortes de periódico, llamaron a la puerta. Permanecí sentado, quieto, no quise responder. Volvieron a llamar, muy débil, como si no quisieran molestar. Recuerdo haber cerrado los ojos, haber deseado que quienquiera que fuese creyera que no estaba, aunque la luz encendida me delataba. Después la puerta hizo un sonido de alambre al abrirse y unos pasitos menudos se deslizaron hasta detenerse a pocos metros de donde yo me hallaba. Abrí los ojos: la maestra apagó la luz y se desnudó sin decir una palabra. A tientas, guardé los recortes, dejé la carpeta sobre la mesa, descorrí la cortina, me dirigí con cuidado hacia el lecho. Sus senos eran pequeños y anchos y sollozó mientras la penetraba. Después estuvimos abrazados en la oscuridad hablando de cosas sencillas, los problemas de la escuela, la biblioteca -insistió en saber mi opinión sobre ésta-, los niños, la Granja, los carboneros que trabajaban de noche. Al llegar a este punto le pregunté por qué trabajaban de noche y no supo responderme.

Viernes. El muchacho de la camioneta llega a las ocho de la noche de Wuming. Me acerco a él para que me entregue los periódicos. Su semblante está pálido y demacrado. Con una sonrisa me dice que está enfermo. Le pregunto si ha ido al médico y dice que sí. Tiene diarrea y fiebre. Le digo que no debería conducir en ese estado. Responde que ahora se irá a la cama, apenas deje de conversar conmigo. Por la noche trabajo en la biblioteca hasta la una de la mañana. Al salir tengo la sensación de que el pueblo está vacío. A medida que camino la sensación se hace más intensa, así como el deseo de entrar en algunas casas y comprobarlo. Sin embargo, soy capaz de controlarme, de llegar hasta mi casa, de desnudarme, de pensar. Sábado. Durante la mañana revisé los recortes. El niño de Wan, el monstruo del lago, el anciano que pasea en bicicleta, los incidentes del parque de Beihai. ¿Qué tienen en común estas noticias? He recortado otras, pero las recurrentes, las que vuelven a mi memoria como señales rojas, sólo son estas cuatro. Jueves. El oficial habló de armas bacteriológicas. Le pregunté a qué clase de armas se refería. Al mirarme, su rostro se desdibujó como si una niebla azul lo envolviera. Pensé: camarada, estás desapareciendo.
Viernes. Debo mantenerme firme. Por la mañana vino a visitarme el médico. Su marcha coincidió con la llegada de la maestra. Escuché cómo se saludaban en la puerta y luego un largo silencio donde acomodé ambos rostros, inexpresivos, débiles. Al llegar a la habitación la maestra dijo que me encontraba bien. Le pregunté por qué creía eso. Respondió que el medico había dicho que mi salud era buena; además, ella sabía que escribía a diario, un excelente síntoma. Sábado. Por la tarde un primer grupo de aldeanos salió por el camino de la Granja. Poco después salió otro grupo por el camino de las escarpadas y el pueblo quedó prácticamente vacío. Esta vez quise saber adónde iban y decidí seguir al segundo grupo, por lo que cogí una bicicleta que alguien había dejado junto a la cooperativa y pedaleé en dirección a las escarpadas. Al llegar al primer recodo comprendí que no les daría alcance: en algún momento habían abandonado el camino y ahora, para alcanzarlos, debía volver atrás y encontrar el punto por el que se habían desviado. Me pareció inútil y regresé a la aldea. Al pasar por mi casa la anciana que vive enfrente abrió la ventana y sacó la cabeza como si intentara atrapar algo con la boca. Supe, recién entonces, que era ciega. Dejé la bicicleta adonde la había tomado y volví andando.

Lunes. El volcán hizo erupción tres veces entre 1597 y 1702 y las repetidas lluvias y la nieve convirtieron su cráter en un lago de 10 kilómetros cuadrados y 373 metros de profundidad. Según han manifestado los trabajadores que conocen la zona, la abundancia de microorganismos en el lago puede muy bien ser la causa de que en él vivan animales acuáticos. Las plantas del jardín dan la impresión de una inmovilidad perfecta. Pensé en la bicicleta de Wu Yunquing, en su barba blanca, casi postiza. Nacido en 1838. El día está cargado de nubes oscuras, hace calor. Por un momento he creído que los recortes se proyectaban sobre las escarpadas. He cerrado los ojos; la imagen ha tardado en diluirse. Algunas personas afirman que Shie Zo habitualmente ve a todas las personas desnudas debido a la fuerza de sus ojos. De pronto comienza a llover y sé entonces que soy el único que presta atención a lo que está ocurriendo. Esto puede ser el fin, pienso. Entonces la lluvia cesa. Lunes. Nunca podré establecer una relación entre los recortes; ¿de qué manera se prolonga la extraña criatura del lago con los disturbios del parque Beihai?¿En qué medida el portento visual del niño de Wan es el de la misma naturaleza que da la larga vida de WuYunquing? Sólo sé que suceden cosas extraordinarias. Mientras el militar más joven recitaba algo de Mao Dun observé que la vida en la aldea era idéntica a sí misma. La maestra salía de la escuela rodeada de niños y miraba en dirección a mi casa, sin verme. La camioneta de la aldea permanecía aparcada junto a la cooperativa. Más lejos jugaban dos cachorros de perro, y un niño, con una pala en la mano, los observaba. El color del cielo nuevamente era gris y por el lado de las escarpadas exhibía unas franjas fosforescentes, repugnantes, como si esa parte del cielo estuviera leprosa. Sin perder la sangre fría corrí hacia el patio trasero y vomité. Sentía una profunda piedad imprecisa. Los oficiales salieron en mi búsqueda e intentaron llevarme al baño, pero no lo permití. Me bastó mirarlos, con los labios aún manchados de bilis, para que no avanzaran un paso más. Después mentí: he perdido la costumbre de beber, dije. Lunes. No estoy enfermo. Mi nombre es conocido en las provincias de mi país. Tengo 45 años y desde los 15 sirvo en el ejército. He recibido múltiples condecoraciones. A los 25 años publiqué mi primer libro y desde entonces mi producción literaria ha sido ininterrumpida. Soy sano y fuerte, me he demostrado que puedo resistir el hambre y el dolor. Durante seis años residí en Vietnam donde fui consejero del ejército popular en la lucha contra los imperialistas y sus lacayos. Viví en Hoa Binh y Phat Diem; en 1971 fui herido en una aldea cercana a Phu Dien Chau y retorné a mi país. En 1979, durante el conflicto bélico chino-vietnamita, combatí contra mis antiguos aliados. Mi división estaba acuartelada en Jinxi y yo pertenecía al estado mayor. Al terminar la guerra fui destinado a Ningming, cerca de la frontera y, al poco tiempo enfermé. Estuve en el Hospital Militar de Nanning donde mi recuperación fue rápida; luego, por deseo de los médicos y con el beneplácito de mis superiores, fui enviado a esta aldea para descansar.

Viernes. Desde las cinco de la mañana hasta las doce he permanecido sentado en el suelo, desnudo, intentando pensar. Es difícil; a veces el cuerpo parece un agujero y todo lo demás, las ideas, las palabras, los descubrimientos, se asemejan a las joyas, hermosas pero innecesarias. Si tuviera tiempo, conjeturé, me gustaría trasladarme a Pekín e investigar a fondo los incidentes del parque Beihai. Una sola pregunta: ¿quiénes autorizaron la venta de entradas? ¿Y para qué? Esta segunda pregunta, por supuesto, podría contestarla si pudiera interpretar correctamente los recortes. Sábado. Salí por la mañana. Conseguí una bicicleta en el taller de la Granja y partí de inmediato. El muchacho de la camioneta me vio abandonar el pueblo y gritó algo inaudible. Me volví a mirarlo, no me detuve. Corrió un trecho detrás de mí pero al cabo de unos minutos abandonó; por el espejo retrovisor alcancé a ver que me decía adiós con los brazos. Pedaleé durante unas tres horas en dirección a las escarpadas y me detuve a descansar. Estaba empapado de transpiración pero me sentía bien. La bicicleta era vieja y tenía el cuadro oxidado, pero aguantaría; era pesada y resistente, de las construidas hace mucho. A mediodía llegué a una colina escasa de vegetación desde donde vislumbré una aldea. Saqué los prismáticos y enfoqué las calles durante un rato. Ni una sola persona, ni un solo movimiento. Un kilómetro más adelante el camino se bifurcaba. Una senda, casi techada por el bosque, llevaba a la aldea; la otra seguía hacia las escarpadas. Noté la ausencia de sonidos, la quietud que parecía colgar de las ramas más altas de los árboles. Pensé textualmente: la quietud cuelga de una rama, y tuve un acceso de desmayo. Me sostuve, perplejo, como si estuviera en un bosque de adivinanzas y no debiera perder el buen juicio. Al cabo volví a montar en la bicicleta y me alejé en dirección a las escarpadas.

Martes. La maestra vino a mediodía. Traía composiciones que sus alumnos habían realizado sobre mi literatura. Me las extendió, sonriendo, y esperó a que las leyera. ¿Qué te parecen? Camarada, le dije, me dan ganas de llorar. Pues llora, dijo ella. Nos desnudamos e hicimos el amor. Después ella dijo riendo que nunca lo había hecho a esa hora. Por el marco de la ventana vi un cielo gris, de un brillo opaco, y pensé que era extraño que no me estremeciera. Martes. Al caer la noche la maestra volvió a casa. Comimos juntos, lavamos los platos, nos sentamos a trabajar en la misma mesa; ella preparaba sus clases y yo escribía los últimos párrafos de mi informe. En el silencio de la medianoche escuché pasos de gente que iban a la casa vecina. Le pregunté qué ocurría. Dijo que la anciana ciega estaba enferma. A los pocos minutos el silencio se había restablecido. ¿Era el médico?, pregunté. No, dijo, el médico vive en Wuming, era gente del pueblo. Me acosté pensando en la vieja. Por el hueco de la cortina veía a la maestra inclinada sobre la mesa. Cerré los ojos y sonreí, los niños habían escrito “optimismo y confianza en el futuro”. Intenté recordar, ignoro por qué razón , el rostro del joven oficial y poeta, y en su lugar aparecieron las siluetas de los niños que rodeaban al comisario político al final del camino. Cuando la maestra vino a la cama me había dormido. Temblaba, me contó ella al día siguiente. Me sentía feliz. Viernes. Me desperté a las seis de la mañana. Le dije a la maestra que no debería haber sido fácil para los aldeanos mi estancia aquí. Me miró sorprendida. No, dijo, los campesinos son generosos. Sólo temían que no te sintieras bien. Me siento bien, le dije. Antes de marcharse me acarició una mano. No me moví de la puerta hasta que la vi desaparecer por una calle lateral. Por todas partes se veía gente trabajando. Salí al patio trasero y me bañé con baldes de agua fría. Sentí deseos de cantar. Por supuesto, no lo hice.

Sábado. A las seis de la tarde avisté otra aldea. Desde un árbol estuve observando el pueblo con los mismos resultados que en el anterior. Era curioso, a mi derecha crecía un rumor de río, como si el Youjiang se hubiera salido de madre, aunque yo sabía que el Youjiang estaba por lo menos a 25 kilómetros a mi izquierda. El calor era insoportable y presagiaba tormenta. Esta vez resultaba inevitable pasar por el pueblo, a menos que lo rodeara, pero en este caso tenía que abandonar la bicicleta. Entré lentamente, a vuelta de rueda, temeroso de perturbar el silencio reinante. Cuando dejaba atrás la primera casa comenzó a llover. Casi al instante el agua formó una cortina tan densa que impedía cualquier atisbo de visibilidad. Dejé la bicicleta apoyada junto a un bebedero y entré corriendo en la vivienda más cercana. No fue necesario tocar, la puerta estaba abierta y un sólo vistazo me bastó para comprender que allí no vivía nadie. Cuando la lluvia amainó penetré en las otras casas: todas estaban vacías desde hacía mucho. Me senté en el suelo, bajo el alero de una de las chozas, y esperé. Había anochecido cuando decidí seguir adelante. Al ir a buscar la bicicleta observé que en las escarpadas ya estaban las primeras fogatas de los carboneros. ¿Carboneros en la provincia de Kuangsi?, ¿después de la lluvia? Saqué los prismáticos y enfoqué hacia arriba. Los fuegos apenas parpadeaban. Me sentía afiebrado, no obstante seguí. Sábado. Dos kilómetros más adelante el camino terminaba junto a un pozo. Alrededor del pozo habían limpiado una especie de explanada y en ambos lados habían bancas de madera, enmohecidas, con respaldos labrados con motivos florales. Me senté en la de la izquierda. Sabía que a mis espaldas los fuegos crepitaban aunque no pudiera oírlos. El rumor sordo del río se imponía a cualquier otro sonido.

Domingo. La tonalidad del cielo es la misma de ayer y de los días pasados. Por la mañana estuve sentado en el jardín, con un libro en las rodillas, mientras los campesinos marchaban a trabajar a la Granja o al pantano y horas después volvían de la Granja y el pantano y se saludaban al encontrarse o se detenían a hablar. A las cinco de la tarde vino puntual el muchacho de la camioneta a entregarme el paquete de periódicos. Cuando ya se iba le pregunté si se había recuperado; me miró sonriendo, sin entender. ¿Estás sano, ahora?, le grité.¡Sí!, dijo, y la camioneta se alejó camino abajo. Domingo. No he abierto el paquete de periódicos. Sé que encontraría noticias que recortar y ya no importa. Alguien se encargará de quemar los recortes que he guardado y mi diario. Tal vez alguien se adelante y no permita que eso suceda. Sospecho que ambas posibilidades tienen más de algo en común. Lunes. Me disponía a dar un paseo cuando llegó el comisario. Le dije que quería caminar, que si a él no le molestaba podíamos dar un paseo juntos. Aceptó encantado. Tomamos el camino de la Granja hasta llegar al bosque. Dígame, le pregunté, cómo se llama esta bosque. El comisario sonrió con timidez. No tiene nombre, dijo. Nos sentamos a hablar en el claro. La conversación fue parca. El comisario miraba beatíficamente las ramitas esparcidas en la tierra mientras yo buscaba las ramas más altas, los pedazos inseguros de cielo. Casi un símbolo, medité. Al anochecer volvimos a paso lento a la aldea. Lunes. Me asomé a la ventana de la casa vecina. La oscuridad no era total y pude ver a la anciana sentada en una silla mientras un niño vigilaba la sartén sobre un hornillo de leña. Buenas noches, dije, me alegra verla repuesta. ¿Quién es?, dijo la anciana. El niño miró sonriendo y después siguió atento a lo que cocinaba. Mi nombre es Chen Huo Deng, dije. Ah, el soldado, suspiró ella. Soy una vieja asmática pero no puedo morirme todavía. Eso está bien, dije. Lunes. Sobre la mesa he dejado en orden todo cuanto he escrito estos días. Aquí está mi informe atrasado y cinco poemas. Sobre la mesa quedará asimismo este diario. No oculto nada. (Además, sería inútil.) Junto a mis papeles he dejado una breve nota señalando que éstos deben ser entregados al estado mayor del ejército, en Nanning. La casa, que tan amablemente me fuera prestada por el comité del partido de esta aldea, la devuelvo en las mismas condiciones en que me fue cedida. Por lo demás, todo lo que tengo es del Ejército. Ahora saldré a caminar, ya ha pasado medianoche, hasta llegar al bosque. Espero tener la paciencia de buscar una rama alta y resistente, escondida en el follaje, y colgarme.

* * * * * * * * * * *

Tercer Accesit del I Premio Alfambra de Cuentos, Patrocinado por el Ayuntamiento de Valencia, 1983. Editorial Prometeo.

Cuento obtenido de la página web: http://foro.elaleph.com/viewtopic.php?p=587911

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ricardo Piglia, Plata quemada I (el libro)


Es -voy a empezar así, haciendo amigos- uno de los cinco mejores escritores vivos en castellano, pero además de eso, es el lector más lúcido. Piglia, siguiendo la tradición borgiana, se mueve en un terreno donde la ficción y el ensayo se mezclan, donde no está claro cuál es la novela y cuál el relato (siempre teniendo en cuenta que Borges la despreciaba). De ahí surgieron obras que, hoy porque estoy contento, voy a llamar geniales: El último lector o Prisión perpetua. Su obra, su estilo bebe del omnipresente Borges, de su amadísimo Arlt, de Onetti, Brecht, Benjamin, Hammet, Chandler, Gombrowicz, Macedonio Fernández, Faulkner, Kafka...

Dejando estas obras de lado, Plata quemada.
La obra está ligeramente marcada por un hecho extra literario y ridículo, en cierto sentido, relacionado con la adjudicación del Premio Planeta, si tenemos en cuenta lo que son en realidad estos certámenes.
Fuera de esto, la novela: esta vez no vemos la faceta de crítico y profesor, muy presente siempre en Piglia, si no que se vierte más en una faceta periodística y en la llamada novela de no-ficción inaugurada por Capote con A sangre fría; podemos decir que está basada en hechos reales: un par de delincuentes, el gaucho Dorda y el Nene Brignone junto a una serie de personajes extraídos del fondo de Buenos Aires decide asaltar un banco. Se hacen con el dinero y escapan a Uruguay, donde les encuentran e inician la resistencia. La serie de hechos dista de ser atípica, no así los personajes: Dorda es un psicótico homosexual, un drogadicto y un asesino frío que se considera el hermano de Brignone, su pareja en amplios sentidos. El Nene es el cerebro, es la voz y su papel sea, tal vez, un poco más típico. Los une la desesperación, una desesperación sosegada pero siempre presente, la droga, el odio a la policía, su condición sexual y, sobre todo, la violencia. Una vez dentro del libro, ambos están muy lejos de ser arquetipos de novela negra, que resulta interesante también por la forma en la que está contada, y así se intercalan diversos testimonios de los testigos, los implicados y donde también se dejan ciertas lagunas que casi considero necesarias.
Otro aspecto muy conseguido es el del registro utilizado por los delincuentes, los policías, las putas y los periodistas que permiten ahondarse en el argot de los malevos porteños. Ciertamente encantador, aunque tal vez algo raro para quien no esté familiarizado con palabras como milico, metra, bulín, yuta, quiliombo, guita, merca...
Finalmente parece necesario agradecer la ausencia de maniqueísmo en los personajes y en cómo uno se puede encariñar con un gordo homosexual asesino y afásico: eso, Piglia, está muy bien.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Nos veremos en París, seguramente



La primera noticia que tuve de Alfons Cervera fue durante la última feria del libro, cuando se publicó Esas vidas. Naturalmente un estreno en una feria del libro sobre todo siendo de un desconocido (para mí) habría pasado inadvertido pero el primer cebo que tuve para acercarme a él fue, cómo no, una mujer que paseaba felizmente su adquisición, la única y feliz compra que había hecho en esa feria. Así se activó la curiosidad -como tantas veces...- y al poco tiempo tuve la ocasión de acudir a una conferencia suya donde terminó de captarme como lector.
Los datos que reuní de él son los siguientes y los cito casi de memoria:

Nació en Gestalgar, Valencia. Ha publicado más de una decena de libros. No todos son novelas si no que empezó como poeta (nunca dejaría de serlo) y poco a poco, tal vez convencido de que sus poemas eran "conmovedoramente malos", se pasó al terreno de la prosa y de la novela. Hasta el momento, Maquis es su mayor éxito a nivel comercial (5 ediciones).
No es esto lo que me interesó de él, sino una serie de frases que aquí reproduzco:

"Hay que leer con uñas y dientes"
"Para mí escribir es reescribir"
"Escribir es un trabajo feliz"
"Antes de escribir una novela escribo el título"

Hace poco, ya que no encontraba su última publicación, me hice con otro que parecía escapar de la temática de la Guerra Civil.

Nos veremos en París, seguramente está cerca de la novela aunque es, desde luego, difícil defenderla como tal. El espacio donde trasncurre la historia, un recuerdo que se diluye constantemente, es París, pero esto no es importante. Los personajes, sin nombres propios, que parecen mezclarse entre sí como en el recuerdo de un sueño, tampoco parcen serlo. Hay un asesinato pero el crímen es lo de menos aquí. Está lejos de ser un relato policial. La estructura confusa de la novela, en cierto sentido emparentada con Amberes de Bolaño hacen que como esta, lo único que podamos sugerir como protagonista sea el propio acto de la escritura, los ejercicios morfológicos y sintácticos, poéticos y oníricos, tal vez hasta autobiográficos que desenfocan la historia y que la fragmentan pero que aun así parecen querer comprometer al lector, siempre y cuando lo que le importe al lector sea la literatura.

viernes, 28 de agosto de 2009

Apuntes sobre Irvine Welsh


Secretos de alcoba de los grandes chefs y Trainspotting

Primero el sujeto: Irvine Welsh nació en 1958 en Leith (Escocia) donde se desarrolla la mayor parte de estas dos novelas y, por qué no, las otras cinco que escribió. Se dedicó a arreglar TV, estudiar, drogarse, a la especulación inmobiliaria y a delinquir en general hasta que se volvió bueno y se hizo DJ de house. También escribe, claro. Ahora es un snob.

Los libros.

Trainspotting: Fue su primera novela, publicada en 1993. Desde aquí solo pudo descender. Eso y ponerse gordo. Tanto el libro como la película (que no está a la altura) adquierieron casi desde su estreno un carácter mítico, de culto.
La oralidad del lenguaje, su dureza, lo ásperas de las imágenes y sensaciones de un grupo de yonquis y su condición de marginados, además del carácter cómico de muchas partes del libro lo convierte en asqueroso, conmovedor y honesto. El abanico -que topicazo- de personajes, y esto es un punto a favor, resultan en cierta manera fácilmente rechazables, incómodos, pero aun así totalmente necesarios y en algún punto, entrañables. Es posbile que Trainspotting brille principalmente por su temática y, en segundo lugar por su estilo y no tanto por la historia o su calidad "literaria". Aun así es un referente.

Secretos de alcoba de los grandes chefs, publicada en 2006, no se aleja excesivamente de Trainspotting. El espacio narrativo sigue siendo Leith, el barrio obrero escocés de Welsh, y asoman puntos que aparecían antes: el punk, las adicciones (el alcohol en este caso) y la violencia. En otros aspectos se distancia. Los protagonistas ya no son lumpen, la narración tiene un carácter más lineal y se introduce, además, el elemento fantástico que entreverado con esa base de realismo sucio resulta en una lectura que parece agriarse. Los personajes principales, antagonistas ellos, resultan más detestables que en otras ocasiones: Tenemos por un lado a un hooligan beodo y cultureta y, en la otra esquina a un enclenque pelirrojo freaky. Ambos trabajan en sanidad y entre ellos se crea una atípica relación matón-oprimido bañada en un componente mágico que estropea y a su vez articula la novela.

Borges y yo

Extraído de El Hacedor de Jorge Luis Borges.


Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

jueves, 27 de agosto de 2009

Broma post mortem de Philip K. Dick




Iba caminando por la feria del libro de ocasión buscando algún milagro, algun libro que no fuera de Góngora, Quevedo o Rosa Chacel -los tres nombres que más abundaban- cuando encontré una novela de Philip K. Dick. 5 euros, estupendo. Había oído hablar de su mente enferma, de sus enormes relatos de ciencia ficción (Ubik, El hombre en el castillo o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) que tanto "me" habían recomendado Bolaño y el omnipresente Fresán. Me costó agarrar el libro, no soy un lector de ciencia ficción, pero me decidí. Seguro que vendría algo grande. Mais...

Ir tirando es una novela de carácter realista publicada por Philip K. Dick en 1985. Mierda, algo no cuadra. Philip Dick era un escritor de ciencia ficción y, además, murió en el 82. ¡Oh! Publicación póstuma, escrita en el 57 y desenterrada. Que me jodan. La narración se centra en la relación que mantiene una pareja estadounidense que se instala en California después de la Segunda Guerra Mundial y cómo él,Roger Lindahl, al llevar a su hijo a una escuela a-tomar-por-el-culo para sacárselo de encima intenta tirarse a otra mami, que resulta ser el prototipo de histérica.
La novela se presta a una lectura fácil pero no tiene nada de interesante fuera de las escenas de sexo. Los personajes resultan un tanto planos y la historia se hace muy predecible. El libro en sí se hace prescindible. Y no quiero plantear un debate sobre qué hacer con los papeles de los muertos, mientras no me vuelvan a colar otra mierda semejante.

Una broma post mortem de Philip. Que te jodan.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Tres


EL CALEIDOSCOPIO OBSERVADO. La pasión es geométrica. Rombos, cilindros, ángulos latidores. La pasión es geometría que cae al abismo, observada desde el fondo del abismo.
LA DESCONOCIDA OBSERVADA. Senos enrojecidos por el agua caliente. Son las seis de la mañana y la voz en off del hombre todavía dice que la acompañará al tren. No es necesario, dice ella, su cuerpo que se mueve de espaldas a la cñamara. Con gestos precisos mete su pijama en la maleta, la cierra, coge un espejo, se mira (allí el espectador tendrá una visión de su rostro: los ojos muy abiertos, aterrorizados), abre su maleta, guarda el espejo, cierra la maleta, se funde...

(Roberto Bolaño, Tres, 1981)

miércoles, 5 de agosto de 2009

2666





¿Qué decir después de 2666? ¿Qué decir cuando se es -como un, aparentemente, buen lector (aunque qué mierda es un buen lector)- arrastrado o llevado o

inducido o hipnotizado durante kilómetros y abandonado justo al borde de la sima, mirando hacia el abismo? ¿No decir nada? ¿Simplemente arrojarse? No, ya

estás ahí, cayendo y volviendo a caer.

Sinopsis de los libros

La parte de los críticos: trata de la relación que mantienen 4 críticos literarios expertos en un escritor semidesconocido, Benno Von Archimboldi, entre ellos y en relación al escritor, a quien deciden buscar.
La parte de Amalfitano: un profesor chileno de filosofía, traductor de Archimboldi, después de ser abandonado por su mujer, enajenada, termina viviendo en Sonora con su hija en medio del aburrimiento, la soledad. Es un chileno en el desierto.
La parte de Fate: un reportero -estadounidense y negro-, después de la muerte de su madre termina por casualidad cubriendo un combate de boxeo en Santa Teresa y, posteriormente, interesándose por los crímenes que allí ocurren.
La parte de los crímenes: en forma de informes forenses intercalados por otras tantas historias que se entrelazan e intermitan van pasando personajes relacionados con los asesinatos (víctimas, cuplables, acusados, judiciales, padrotes, putas, narcos, policías, videntes...). Es la parte del horror, también, pero un horror casi aplacado por la repetición, por la burocratización y el intento de crear cortinas de humo. Casi podríamos hablar de la banalización del mal, que diría Arendt.
La parte de Archimboldi: es la biografía del autor, desde sus orígenes prusianos, su paso estólido por la guerra, su formación como escritor y sus viajes.

Parece un tópico hablar de los asesinatos, de Sonora, de los feminicidios de Santa Teresa como el hilo conductor del libro, pero el problema es que no es un libro, son cinco, y los asesinatos son el argumento principal de uno de ellos. Podría ser Archimboldi, pero su figura, tanto en ausencia como en presencia, sólo encauza La Parte de los Críticos y La Parte de Archimboldi, propiamente, siendo testimonial su aparición en La parte de Amalfitano y en La Parte de Fate, donde se centra la acción más en los personajes y en la sordidez de ese alter Juárez. Se tienden puentes en algunos libros, las conexiones más o menos obvias que le dan la estructura de novela única, aunque en algunos casos esos puentes parecen no llevar a ningún lado. Se crean tensiones que no se resuelven, como las decenas de casos expuestos en el cuarto libro, el de los crímenes, y otras apenas se sugieren, se insinúan, como la inocencia de Klaus Haas o lo que le sucede a Fate -atención al comienzo del tercer libro- u otras que parecen engarzarse como el quinto libro con el primero y el cuarto, convirtiendo los libros dos y tres en unos apéndices de una fantasmagórica línea principal. Pero hay otras líneas que corren con más o menos fuerza en toda la obra. La principal parece ser la locura que se hace presente en muchos personajes (Lola, el poeta de Mondragón, trasunto de L. M. Panero, Ingeborg, Elvira Campos o el mismo Fate), la disolución de los personajes protagonistas o el horror visto desde la perspectiva de Sonora y desde la de un soldado alemán en la 2a guerra mundial. El sexo también se hace muy presente en una vertiente casi pornográfica que tiene de máxima estrella a la condesa Von Zumpe y en el trío formado por Liz Norton, Espinoza y Pelletier en menor medida. Las lecturas parecen infinitas. Los temas y los personajes también, así como las historias. El despliegue narrativo es apabullante, arrollador, así como las digresiones, metahistorias, retratos.

Necesito agua y releerla, así como intentar digerirla. Pero sigo en trance.

jueves, 9 de julio de 2009

Viajes por el Scriptorium, Paul Auster


Cierro la novela, de lectura bastante ágil y sencilla, entre otras cosas por el vocabulario, las grandes letras y las pocas páginas, con la sensación de que es totalmente innecesaria. Se me atragantó Auster:
El protagonista, Míster (sic) Blank se despierta en una habitación totalmente desorientado, débil, en un estado casi amnésico con una inmensa sensación de culpa. Está siendo grabado, pero lo que se nos cuenta no es sólo lo que pasa, sino también lo que siente, lo que piensa, manteniendo la intriga sobre su situación: desconoce si está realmente encerrado, qué ha hecho para tener esa sensación de culpabilidad generando así un espacio de conflicto del personaje tanto con la propia habitación como con su interior -unos fantasmas que le acosan cuando cierra los ojos-. Se van siguiendo en la habitación una serie de personajes que intentan aclarar ligeramente su situación y, a su vez, se mezcla la narración principal con una suerte de metatexto que lleva a confundir ambos planos. Lo que no se confunde es la falta de brillo en ambas historias: la primera por morosa y por unas técnicas narrativas que se hacen poco creíbles y en exceso evidentes y la segunda es, sencillamente, mala. Los juegos narrativos (más propios del relato breve) no cumplen la función en una historia que cae demasiado pronto, sin siquiera párrafos que alumbren a una prosa fácil en exceso, fláccida, y que roza el mal gusto sin necesidad de usar palabras mal sonantes. No es que sea un escritor que cuide particularmente el estilo ni que tienda a los ornamentos, pero la lectura se hace demasiado plana. El protagonista no termina de conectar con el lector y el abanico de personajes es en exceso esbozado. La metaliteratura, que finalmente hace acto de presencia como tema central, induce más a pensar en una reflexión de Auster que en una justificación de la obra.

sábado, 4 de julio de 2009

MAYO DEL 68: DE LA REVUELTA AL PARQUE TEMÁTICO

Extraído del blog de Edmundo Paz Soldán

Nací en el mismo país y año en que murió el Che Guevara. Soy de los que creció escuchando las canciones de los Beatles y los Rolling Stones que colocaban sus padres, y de los que leyó curioso, ya convertidas en graffiti, esas frases que nos dejaron los estudiantes de la revuelta de mayo del 68 en París: “la imaginación al poder”, “prohibido prohibir”. Como muchos chicos sudamericanos, pasé los años de mi infancia y adolescencia bajo gobiernos dictatoriales. Eso alimentó mi nostalgia por los sesenta, condensados en ese simbólico mayo.

Pertenezco a una generación que tuvo una curiosa fascinación por un tiempo que no le tocó vivir. Quizás por eso fue que, cuando tuve la oportunidad de continuar mis estudios en los Estados Unidos, decidí postular a Berkeley. Berkeley era uno de los epicentros del cataclismo generacional de los años 60: allí se originó, en 1964, el Free Speech Movement, que pedía permitir la actividad política en el campus y respetar los derechos de los estudiantes a opinar. Fue allí también, en 1965, donde se iniciaron las protestas contra la guerra en Vietnam.

A principios de los noventa, las cosas habían cambiado en Berkeley. Continuaba el fervor de los estudiantes por involucrarse en todo tipo de causas “progresistas”, pero ahora todo parecía una parodia de los años sesenta: sí, estaban los movimientos por la causa del Tibet y por los derechos del pueblo palestino, pero también se podía encontrar el apoyo a Sendero Luminoso, “heroíco grupo de avanzada” en la lucha de los “hermanos del Tercer Mundo” contra el capitalismo. Hubo en 1992 una huelga de los estudiantes de maestría y doctorado que enseñábamos clases: queríamos que se nos reconociera el derecho a formar un sindicato, pues no sólo éramos estudiantes sino trabajadores. No enseñamos durante dos semanas, y hacíamos piquetes de huelga en torno al campus a lo largo del día. Lo nuestro no tenía la grandilocuencia de las causas de los sesenta, pero estábamos seguros de que pedíamos lo justo y confiábamos en que una universidad progresista como Berkeley nos daría la razón. Nos equivocábamos: el rector tomó una línea dura, y el movimiento fue destazado. Debimos volver a clases para la semana de exámenes, humillados: si no lo hacíamos, perderíamos nuestras becas. Muchos estudiantes del doctorado terminaron dejando la universidad.

Así como los que enarbolaban la bandera de Sendero Luminoso no aprendían de las ingenuidades cometidas por los intelectuales y estudiantes de mayo del 68 en su lucha contra el capitalismo –su elogio sin reservas al “camarada Mao”, por ejemplo--, nosotros parecíamos no haber aprendido que las protestas en Berkeley habían terminado con la derrota del movimiento estudiantil en 1969, cuando Ronald Reagan, entonces gobernador de California, decidió mandar a la Guardia Nacional a enfrentarse con los estudiantes en People’s Park. El Che había muerto, los tanques rusos habían entrado a Checoslovaquia, y en América Latina las fuerzas de la derecha se preparaban para asaltar el poder y responder violentamente al avance del comunismo y de los ideales de la contracultura. Hubo, todavía, algunos escarceos triunfales de la izquierda (la victoria de Allende en Chile), pero, en general, los setenta fueron la década de la reafirmación del orden establecido.

A mediados de los noventa, con el retorno de la democracia, los jóvenes de la clase media ya nos habíamos adaptado rápidamente al modelo neoliberal. Habíamos llegado a la conclusión de que los movimientos de cambio social estaban destinados al fracaso, y que la utopía de una sociedad igualitaria era eso, una utopía. Fuimos, entonces, irónicos, distantes, escépticos. Se podrían haber sacado otras conclusiones de lo que ocurrió en los 60, como que resultaba más digno soñar en grande y fracasar que alcanzar el éxito a costa de suprimir cualquier riesgo. No hay que desconocer que las luchas de los 60 -que van más allá del mayo francés, por supuesto- permitieron grandes avances en materia de derechos civiles, aunque el capitalismo salió fortalecido.

En 2001 volví a Berkeley como profesor. Descubrí que, en una de las bibliotecas, la universidad había abierto el café Free Speech Movement. Era raro, pedir un capuchino en un café empapelado por fotos de Mario Savio y los otros líderes estudiantiles de los sesenta. Se podía comprar postales y fotos de las protestas. Una vez más, el poder establecido había absorbido a la oposición. Los años sesenta se van convirtiendo en un parque temático: es la forma en que el capitalismo de hoy incorpora la historia a su catálogo en exposición.

(Reportajes, La Tercera, 27 de abril 2008)

sábado, 27 de junio de 2009

Prisió perpetua


Beber es una actividad seria, desde siempre asociada con la filosofía. El que bebe, dice Steve, intenta disolver una obsesión. Hay que definir primero la magnitud de la obsesión. No hay nada más bello y perturador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez una luz imantada? Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar unterminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. Todos hablan de obsesiones, dice Steve, nadie las explica tal cual son.

Fragmento de Prisión perpetua de Ricardo Piglia.

sábado, 13 de junio de 2009

Moteles I


Cuando frenó una nube de polvo anaranjado se levantó a su alrededor. El motor sonaba como una bestia enjaulada, furiosa y sin posibilidades. No apagó el coche y fue directamente hacia la habitación del motel. La puerta abierta.
¡Mierda!, gritó y un golpe en la pared. Escudriñó la habitación, alguien ya la había visitado y se temió lo peor. Lo sabía pero tenía que comprobarlo. Fue al baño. Frente a él el botiquín. La imagen que nos da el espejo es la de la desesperación y el límite, el precipicio mental y el físico. Abrió la portezuela y miró dentro, detrás del alcohol y el yodo no había nada. Ya no estaba. Ahora su única posibilidad era salir corriendo.

domingo, 7 de junio de 2009

Take It easy


Cerró el libro, apoyó la cabeza en la ventanilla y se quedó mirando el exterior sin pensar en nada, dejando que las imágenes de los suburbios le absorbieran. Desde chico, cuando viajaba en tren mucho más a menudo, se quedaba mirando durante largos minutos cómo el tren iba dejando atrás la hierba, las piedras, los árboles, las casas de adobe y chapa. Tenía además la extraña sensación de que todo pasaba más rápido cuando estaba justo debajo de sus ojos que cuando lo veía acercarse a la distancia, al igual que las líneas discontinuas en la carretera, los coches o los pájaros. Igual que una luz lejana, un foco a lo lejos que te ciega a medida que se acorta la distancia. Luego no ves nada sino manchas negras y una profunda extrañeza hasta que se disipa la ceguera, vuelves a ver.

El tren paró, iba a estar detenido en Dolores durante unos diez minutos, así que bajé a fumar y me quedé a un lado de la puerta. Bajaron unos pocos y algunos más subieron. Seguramente iban también a Buenos Aires ya que la mayoría de estaciones intermedias pertenecían a pueblos cada día más deshabitados, cada día más pobres, cada día más fantasma. Se podía ver languidecer al país viajando en tren, viendo la gente que subía, su gesto, la púrpura bajo los ojos hundidos extendida como una epidemia. Sonó una campana y el revisor mandó a los fumadores a subir. Arrojé mis visiones del país con la colilla -mis tristes y fragmentadas visiones de extranjero- y nos montamos todos los que quedábamos en tierra. Al meterme en el vagón me encontré a una chica en el asiento opuesto al mío hojeando mi libro. Me senté y le pregunté si lo conocía. Se ruborizó ligeramente y me pidió disculpas, dijo con una sonrisa tímida que no había podido evitarlo. Le gustaba mucho el autor, pero no conocía ese título y se había sentido invadida por la curiosidad. Me senté y le conté que era su primera novela, de cuando era aún un desconocido, pasaba hambre y no tenía un estilo definido. Creo que estaba descatalogada. Volvió a sonreír y a disculparse por haber curioseado sin permiso, aunque a mí no me importaba, de hecho me traía sin cuidado el libro. Seguí hablando con ella de forma automática, el interés había mutado, mi atención estaba focalizada en otra parte. Sus ojos.

Nuestra conversación se había convertido en un sonido de fondo mezclado con el traqueteo del tren y un rumor como de olas...

No podía escuchar lo que decía. Mi atención, todos mis sentidos se habían fijado en sus ojos que parecían lagunas, profundísimas y serenas que me invitaban a sumergirme en ellas. Me sentí absorbido, extasiado, pero poco a poco me empezó a abordar un leve escalofrío, una inmensa sensación de extrañeza que se convirtió en pánico al divisar desde el medio de la laguna, en un plano ajeno, mi asiento vacío y el libro en el suelo.