martes, 9 de agosto de 2011

Empezar a leer



Cuando tenía dieciséis años, en el instituto, estaba, digamos, enamorado de una muchacha y habíamos salido juntos, y ella me preguntó si estaba leyendo algún libro y yo en realidad leía más bien historietas en ese momento, pero había visto un libro de Camus, La peste, una novela de Camus, en una vidriera de una librería y entonces le dije "Sí estoy leyendo La peste de Camus" y ella me dijo "¿Me puedes prestar el libro?". "Sí, claro", le dije yo y entonces compré el libro, lo leí en una noche, lo arrugué un poco para que pareciera usado y se lo presté al día siguiente. Y ese fue el libro que inició para mí una serie interminable de lecturas literarias y, por lo tanto, la relación entre la lectura y el amor me parece que podría ser una recomendación para todos los jóvenes que quieren empezar a leer.



Ricardo Piglia


viernes, 15 de julio de 2011

In memoriam, Roberto Bolaño (28/04/1953-15/07/2003).

 
 -Me llamo Benno von Archimboldi.
El viejo entonces lo miró a los ojos y le dijo que no se pasara de listo, que cuál era su nombre verdadero.
   -Mi nombre es Benno von Archimboldi, señor -dijo Reiter-, y si usted cree que estoy bromeando lo mejor será que me vaya.
   Durante unos instantes ambos permanecieron en silencio. Los ojos del viejo eran de color marrón oscuro, aunque bajo  la débil luz de su estudio semejaban ser de color negro. Los ojos de Archimboldi eran azules y al viejo le parecieron los ojos de un joven poeta, unos ojos cansados, maltratados, enrojecidos, pero jóvenes y, en cierto sentido, puros, aunque el viejo hacía mucho que había dejado de creer en la pureza.
   -Este país -le dijo a Reiter, que aquella tarde se convirtió, tal vez, en Archimboldi- ha intentado arrojar al abismo a varios países en nombre de la pureza y de la voluntad. Para mí, como usted comprenderá, la pureza y la voluntad son puro mariconeo. Gracias a la pureza y a la voluntad nos hemos convertido todos, entiéndalo bien, todos, todos, en un país de cobardes y de matones, que al fin y al cabo, son lo mismo. Ahora lloramos y nos afligimos y decimos ¡no lo sabíamos!, ¡lo ignorábamos!, ¡fueron los nazis!, ¡nosotros hubiéramos actuado de otra manera! Sabemos gemir. Sabemos provocar lástima y pena. No nos importa que se burlen de nosotros, mientras nos compadezcan y nos perdonen. Ya habrá tiempo para que inauguremos un largo puente de amnesia. ¿Comprende usted lo que quiero decir?
   -Lo comprendo -dijo Archimboldi.
   -Yo fui escritor -dijo el viejo.

   -Pero lo dejé. Esta máquina de escribir me la regaló mi padre. Un padre cariñoso y culto que llegó a vivir hasta los noventaitrés años de edad. Un hombre básicamente bueno. Un hombre que creía, de más está decirlo, en el progreso. Pobre mi padre. Creía en el progreso y por supuesto creía en la bondad intrínseca del ser humano. Yo también creo en la bondad intrínseca del ser humano, pero eso no significa nada. Un asesino, en el fondo, es bueno. Los alemanes eso lo sabemos bien. ¿Y qué? Puedo pasar una noche bebiendo con un asesino y tal vez, al contemplar ambos la aurora, nos pongamos a cantar o a tararear una pieza de Beethoven. ¿Y qué? Puede el asesino llorar en mi hombro. Normal. Ser asesino no es fácil. Eso lo sabemos bien usted y yo. No es nada fácil. Exige pureza y voluntad, voluntad y pureza. La pureza del cristal y una voluntad de hierro. E incluso puedo yo ponerme a llorar en el hombro del asesino y susurrarle palabras dulces como "hermano", "camarada", "compañero de infortunios". En ese momento el asesino es bueno, puesto que es intrínsecamente bueno, y yo soy un idiota, puesto que soy intrínsecamente un idiota, y ambos somos sentimentales, puesto que nuestra cultura tiende irrefrenablemente a la sentimentalidad. Pero cuando la obra se acaba y yo estoy solo, el asesino abrirá la ventana de mi cuarto y entrará con sus pasitos de enfermero y me degollará hasta que no quede ni una gota de mi sangre.

Fragmento de "La parte de Archimboldi", en 2666. Roberto Bolaño.

jueves, 14 de julio de 2011

Muchacha ojos de papel


Luis Alberto Spinetta


Muchacha ojos de papel


Muchacha ojos de papel, ¿a dónde vas?
Quédate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies, no corras más.
Quédate hasta el alba.
Sueña un sueño despacito, entre mi manos,
hasta que por la ventana suba el sol.
Muchacha piel de rayón, no corras más,
tu tiempo es hoy...
Y no hables más, muchacha, corazón de tiza,
cuando todo duerma te robaré un color. (bis)

Muchacha voz de gorrión, ¿a dónde vas?
Quédate hasta el día.
Muchacha pechos de miel, no corras más.
Quédate hasta el día.
Duerme un poco y yo, entre tanto, construiré
un castillo con tu vientre
hasta que el sol, muchacha, te haga reír,
hasta llorar, hasta llorar.

Y no hables más, muchacha corazón de tiza,
cuando todo duerma te robaré un color. (bis).

domingo, 19 de junio de 2011

Marginados de vocación.

Saldemos pronto la deuda: sin Vila-Matas no conocería a Robert Walser ni, probablemente, habría leído Jakob von Gunten.

Dicho esto, algunas ideas sobre la novela:

1. Es una novela sobre la marginalidad. Es más, en cierto sentido es una oda a la marginalidad. Lo que se propone Jakob es no ser nadie.
2. Vila-Matas es, en este aspecto, un seguidor de esta línea marginal.
3. Walser podría ser perfectamente el puente entre Bartleby el escribiente y Kafka, aunque sus personajes no sean tan "extremos" como Bartleby o K.



Jakob von Gunten se escapa de la casa familiar y se interna en el instituto para jóvenes Benjamenta. Allí, la formación que se da sirve escasamente. Solo les enseñan a servir y a ser educados. Son formados para ser nadie, para convertirse en meros figurantes de los salones de la gente que los pueda contratar. Pero Jakob, en cierto sentido, es una excepción. Es un personaje singular dentro del instituto Benjamenta, pero aún así mantiene su vocación marginal, aunque siempre es una presencia incómoda. Recuerda a los ayudantes de K. en el castillo, aquellos que siempre cumplían con las órdenes pero que eran extremadamente incómodos, tipos extraños con unas intenciones nunca claras, como unos perfectos sirvientes con una sonrisa incómoda que genera desconfianza. Pero eso es lo interesante de la novela, es incómoda. Es difícil de catalogar y sus personajes son siempre incómodos. No son arquetipos ni epígonos de nada, son personajes de una voluntad extraña, de destinos aun más extraños y de un fin poco claro.

Por un lado, Jakob no es Bartleby, alguien quien "prefiere no hacerlo", sino alguien que, siendo hijo de una familia notable, prefiere ser nadie, un perfecto subalterno, un personaje gris que nunca llame la atención y cuyo principal logro sea que le den las gracias. Por eso es por lo que se interna en el instituto Benjamenta, perfecto para esto, donde no se enseña a los muchachos a convertirse en gente de éxito sino que se les forma como súbditos. Pero, en contraposición a Kraus, el estudiante perfecto, carente de genio en el sentido romántico de la palabra, el perfecto servidor, Jakob es capaz de arrojar chispas de insolencia que generan distintas reacciones, muchas de ellas inesperadas. Es un personaje que, aparentemente, quiere vivir a la sombra como subordinado pero como un subordinado insolente, con inteligencia y encanto, pero también huidizo.

Así, también podemos leer Jakob von Gunten como un negativo de Rojo y negro.
Empecemos por el exterior: Rojo y negro es una novela extensa por donde circula una gran cantidad de personajes, mientras que en JvG a penas tenemos unos cinco personajes. El estilo de RyN es grandilocuente, dentro del campo de la novela realista pero aun con muchos ecos del romanticismo, mientras que el tono predominante en JvG es el del humor y la ironía. En RyN tenemos un protagonista de clase baja que fantasea con medrar -y que lo logra-, que tiene un gran modelo como Napoleón; un arribista en toda regla, capaz de hacer lo que sea para subir los escalones de la sociedad, pero Jakob von Gunten no es ningún Julien Sorel. Más bien es un anti-Sorel, ya que Jakob pertenece a una familia importante pero, sin embargo, opta por ser nadie:

Nunca olvido que soy un vástago ilustre que empieza desde abajo, desde muy abajo, pero no posee las cualidades necesarias para encumbrarse. O tal vez sí. Todo es posible, aunque descreo de esas horas vanas en las que me ilusiono con una felicidad unida al esplendor del prestigio. Carezco de todas las virtudes del arribista social. Cierto es que a veces soy un descarado, mas solo por capricho. El arribista, en cambio, es  de una desvergüenza permanente que se finge modesta, o bien adopta gestos de una descarada -insistentemente descarada- vocación de insignificancia. También pueden ser nerviosos, descontentos, amargados y estar <>, pero el hastío jamás penetra muy a fondo en el verdadero arribista. Los arribistas son señores, y yo, vástago de un ilustre linaje -o lo que sea-, serviré a uno de esos señores, a uno quizá algo presumido, y lo serviré honesta y fielmente, como un criado de confianza, firme, sin ningún tipo de ideas y con absoluto desinterés por mi provecho personal, pues solo así, de forma irreprochable, podré servir a alguien. [...] Con sentimientos como los que yo tengo frente al mundo nadie obtendrá jamás algo grande, a menos que se burle del brillo de la grandeza y llame grande a lo que es totalmente gris, silencioso, duro y bajo. Sí, serviré, aceptaré siempre más y más obligaciones cuyo cumplimiento nada tenga de brillante, sí, cada vez  más, y como un reverendo idiota, me pondré rojo de feilicidad cuando, a la ligera, alguien me diga <>.

Esta es la tradición literaria en la que se inserta Vila-Matas, cuyas novelas están plagadas de personajes insignificantes sin deseo alguno de trascender, como el jorobadito de Bartleby, seres periféricos que solo buscan vivir allí, fuera de los grandes medios, de las grandes novelas, de la grandilocuencia haciendo una defensa de los márgenes, de los locos, de los solitarios.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Digging

He aquí mi traducción del poema "Digging", de Seamus Heaney, perteneciente a su primer libro Death of a naturalist.


Cavando

Entre mi dedo y mi pulgar
el grueso bolígrafo descansa, sujeto como un arma.

Bajo mi ventana, un limpio y áspero sonido
cuando se hunde la pala en el suelo de grava:
Mi padre cavando. Miro hacia abajo

hasta que sus tensas piernas se doblan
entre el parterre; veinte años vuelven
encorvándose rítmicamente entre los surcos de patatas
donde estaba cavando.

La bota gruesa se acurrucaba en la agarradera, el mango
hacia el interior de la rodilla era firmemente levantado.
Él desarraigaba los altos tallos, profundamente enterraba las brillantes aristas
para esparcir nuevas patatas que cogíamos,
amando su fresca dureza en nuestras manos.

Por Dios que el viejo podía manejar una pala.
Como su viejo.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
que cualquier otro hombre en el pantano de Toner.
Una vez le llevé una botella de leche.
La tapé descuidadamente con papel. Se enderezó
para beberla y luego cayó
hendiendo y rebanando cuidadosamente, levantando la turba
sobre su hombro, buscando más y más abajo
la buena turba. Cavando.

El frío olor del moho de la patata, el chapoteo y el golpe
de la mojada turba, los bruscos cortes de la arista
a través de vivas raíces despiertan en mi mente.
Pero no tengo una pala para seguir a hombres como aquellos.

Entre mi dedo y mi pulgar
el grueso bolígrafo descansa.
Cavaré con él.

jueves, 24 de marzo de 2011

La culpa es de Bernhard


"Me sumí en Verlaine y Trakl, y leí Los Demonios de Dostoievsky, no había leído antes en mi vida un libro de aquella insaciabilidad y radicalismo ni, en general, un libro tan grueso, y me aturdí, durante algún tiempo me disolví en aquellos demonios.Cuando volví otra vez, no quise leer otra cosa en algún tiempo, porque estaba seguro de caer en una inmensa decepción, en un espantoso abismo. Rehusé durante semanas toda lectura. La monstruosidades los Demonios me había dado fuerzas, mostrado un camino, dicho que estaba en el verdadero camino, hacia afuera. Había sido afectado por una obra literaria salvaje y grande, para salir de ella yo mismo como héroe. No ha sido frecuente en mi vida ulterior que la literatura tuviera un efecto tan monstruoso. Intenté, en hojitas que me había comprado en el pueblo, conservar por escritodeterminadas fechas que me parecían importantes, puntos decisivos de mi existencia, temía que lo que ahora era tan preciso pudiera hacerse borroso y perderse de pronto, que de pronto no estuviera ya allí,no tener ya fuerzas para salvar los acontecimientos, monstruosidades, ridiculeces, etcétera, decisivos de las tinieblas del olvido, intenté salvar en aquellas hojas lo que había que salvar, sin excepción todo lo que me parecía digno de ser salvado, aquí tenía mi forma de actuar, mi propia infamia, mi propia brutalidad, mi propio gusto, que no tenían nada en común con la forma de actuar y con la infamia y brutalidad y con el gusto de los otros. ¿Qué es importante? ¿Qué es significativo? Creía que tenía que salvarlo todo del olvido, sacándolo de mi cerebro y llevándolo a las hojas, que en definitiva fueron cientos de hojas, porque no tenía confianza en mi cerebro, había perdido la confianza en mi cerebro,había perdido la confianza en todo, y por consiguiente también la confianza en mi cerebro. Mi pudor para escribir poemas era mayor de lo que había pensado, de forma que prescindí de escribir un solo poema. Intenté leer los libros de mi abuelo, pero fracasé, entretanto había vivido demasiado, había visto demasiado, y los aparté. Tenía en los Demonios lo que me correspondía. Busqué en la biblioteca del establecimiento otros monstruos, pero no había otros. Resulta superfluo enumerar los nombres de aquellos cuyos libros abrí y volví a cerrar en seguida, porque tenían que repelerme con su mezquindad y su indignidad. La literatura, salvo los Demonios, no me decía nada, pero, pensé, seguro que hay otros Demonios. Esos, sin embargo, no debía buscarlos en la biblioteca del establecimiento, que estaba repleta de mal gusto y estupidez, de catolicismo y nacionalsocialismo. Sin embargo, ¿cómo podía encontrar otros Demonios? No tenía otra posibilidad que dejar Grafenhof tan pronto como fuera posible y, en libertad, buscar mis Demonios. Ahora tenía otro nuevo estímulo para salir."

El frío, Thomas Bernhard.